Soliloquio de la princesa

26.11.2017

Condición: Buena parte del relato, al menos más de la mitad, debe consistir en un monólogo de un personaje relevante.


En un castillo de un reino ya olvidado, en el balcón de la más alta torre, una princesa de bello pero triste rostro observaba la lenta caída del sol hacia el horizonte. En sus manos sujetaba firmemente una copa de cristal que difractaba la luz rojiza del anochecer en mil tonalidades.

«Sol, Rey de los Astros, que contemplas el devenir de los mortales desde el comienzo de nuestra era. Mientras contemplo tu inevitable descenso siento como mi alma se pierde más y más en la oscuridad de la noche. Mi castillo, nido boreal dónde amanecí por vez primera, es ahora una jaula de cristal que se cierra sobre mí y me asfixia. Me recuerdas a él, a mi único y verdadero amor.

»¿Por qué te has ido, Dragón, dejándome sola en este crepúsculo? Todavía recuerdo aquella tarde de estío en la que descendiste sobre el castillo, batiendo tus alas con la fiereza de un huracán. Brillando como el Sol, como arrabio fundido en las forjas del Averno. Luchaste ferozmente para llegar hasta la cúspide de mi torre y allí me atrapaste en tus colosales zarpas, delicada pero firmemente. Recuerdo el miedo que sentí al ver mi fortaleza alejarse más y más, convirtiéndose en un clavel argénteo sobre la vasta pradera. Aquel día me llevaste a tu morada, Dragón, a aquella cárcel de piedra y acero sobre la cumbre de la montaña. Me encerraste en una celda sin ventanas, fría y oscura como una noche sin luna, y mis lágrimas regaron el sólido granito. Siete largos días pase allí aislada. Ansiaba mi libertad. Quería volver a respirar aire puro, ver las estrellas, mis compañeras en las cortas noches de verano al son de las cigarras. Tú lo sabías, Dragón. Acompañabas mis cenas, contando historias con voz ronca a través de la sólida puerta de mi prisión. Me hablabas de lugares mágicos donde el agua se extendía hasta donde alcanzaba la vista, donde la nieve nunca se derretía. Viajaba a través de tus palabras, pero eso no me bastaba. Quería salir de allí.

»Al séptimo día, cuando tu voz se perdió en la oscuridad, te hablé por primera vez. No te vayas, te supliqué, déjame salir. Abriste la puerta y me miraste con tus ojos de rubí. Ven, acompáñame, me dijiste. Salimos al exterior y pude al fin inspirar el fresco aire nocturno y contemplar el cielo estrellado con la fascinación de un niño que observa su primera pompa de jabón. Me invitaste a subir en tu lomo y juntos despegamos hacia la inmensidad de la oscuridad, distinta a la de la celda pues no inspiraba miedo sino libertad. Bañados tan sólo por la luz de la luna, volamos hasta el amanecer. Cuando sobrevolamos el castillo recordé lo que me esperaba, una vida de protocolos y normas estrictas. Y aunque añoraba mi hogar, no quise bajarme todavía. Te pedí que me llevases a todos los lugares de tus historias. Y así comenzó la nuestra. Dragón, ¡cómo te añoro! Me trataste con amor y candidez. Me enseñaste a ser mujer antes que princesa, a comer con las manos, a rodar por las suaves colinas, a escuchar mi eco en los profundos valles. Le diste alas a mi alma, y quise volar.

»Y entonces llegó el invierno, y con él, el príncipe del norte. Armado con su carámbano de frío acero entró con sus huestes en nuestro hogar para rescatarme de tus garras. Cegado por su ambición de gloria no quiso oír mis súplicas. Me defendiste hasta tu último aliento, Dragón, hasta que tu sangre y tus lágrimas bañaron el suelo de mi verdadero hogar. Me devolvieron a mi palacio, a mi alcoba, a mi balcón. Pero ya no era nido, sino jaula de frío y noche.

Y aquí me encuentro, Sol, bajo tu mirada que se pierde en el horizonte para dar paso a una noche sin luna y sin estrellas, sin luz alguna que ilumine mi camino. No me queda nada por hacer en este mundo, tan sólo quiero volver junto a él».

La princesa bebió de su copa en cuanto el sol rayó el horizonte y murió con el último haz de luz del crepúsculo.