Silencio

26.11.2017

Condición: El relato estará protagonizado por uno o varios miembros del gobierno de un país, en el momento o con posterioridad a un apocalipsis nuclear.


A más de treinta mil pies de altura, un solitario bombardero B-2 norteamericano surcaba silenciosamente los cielos de la antigua Rusia. Sus motores, diseñados con la más avanzada tecnología de infiltración, apenas dejaban un rastro indetectable para los radares neosoviéticos. Sentado en la cabina, un solitario piloto dirigía al gigantesco pájaro de metal hacia su objetivo: Moscú.

Harry Hilbert recordaba la situación que apenas quince horas antes había vivido junto con los demás miembros del Comité de Guerra: tensión, ojeras, sudor y blanco resplandor de lámparas halógenas en el interior de un bunker subterráneo, imágenes de una Europa arrasada por las armas nucleares neosoviéticas, la destrucción paulatina de los satélites del Sistema de Defensa Orbital estadounidense, el último paraguas contra la devastadora lluvia atómica, y la decisión. Aunque quisiese evitarlo, sus pensamientos siempre volvían a aquella carpeta oscura con las palabras «Proyecto Tánatos» grabadas en letras doradas. Hilbert intentó borrar esa imagen yendo más hacia atrás en su memoria. Recordó el total desarme nuclear de su país que llevó a cabo en pos de un futuro sin guerras, persiguiendo el ingenuo ideal de la paz global. Un acto de concordia que la Unión Neosoviética interpretó como un síntoma de debilidad y aprovechó para saciar sus ansias megalómanas.

Con el último satélite caído, todas las esperanzas residían en el secreto celosamente guardado por aquella carpeta. Un arma no nuclear con potencia suficiente para aniquilar a todo ser vivo en una ciudad entera sin dañar edificio alguno. La bomba de radiación G había sobrevivido a su purga antibelicista y ahora se antojaba como la única opción para evitar la destrucción de los Estados Unidos. La inteligencia norteamericana había descubierto la localización de los silos de misiles desde los que los neosoviéticos habían arrasado Europa. Situados bajo tierra y escudados por núcleos urbanos densamente poblados, eran inmunes frente al armamento táctico convencional. Con las cabezas nucleares desmanteladas, tan sólo la bomba de radiación G tenía potencia suficiente para alcanzar los silos. Hilbert sabía que lanzarla supondría la muerte de millones de civiles inocentes a cambio de salvar a otros tantos de la hecatombe nuclear. Recordaba las miradas de los miembros del Comité clavadas en él, las imágenes de su mujer y de su hija centelleando en su mente. Sabía que si no accedía todos ellos arderían en el fuego atómico. ¿Pero quién era él para decidir sobre la vida o la muerte de millones de personas?

Ahora se encontraba surcando los cielos con una bomba G en la bodega de carga de su avión. Había elegido lo que todos esperaban de él. Pero a pesar de los insistentes ruegos de sus ministros, había querido lanzar personalmente el artilugio contra el principal objetivo. Él había sido quién los había condenado a muerte, y él sería quien ejecutaría su sentencia. Empujó la palanca de control cuando el contorno de la capital apareció en el borde del GPS y el bombardero descendió silenciosamente hacia su letal propósito. Pronto divisó los primeros rascacielos, que aguijoneaban pretenciosos el horizonte. Notó que las manos le temblaban. Miró el altímetro. Marcaba veinte mil pies. La bomba debía lanzarse a dieciocho mil pies, por lo que calculó que apenas quedaban veinte segundos. Puso el dedo sobre el botón de lanzamiento. Tan sólo escuchaba el acelerado latido de su corazón. Las imágenes de las ciudades europeas arrasadas inundaron su mente en un silencioso torrente de odio y culpabilidad. ¿Acaso la muerte se debe pagar con más muerte? ¿Dónde estaba su paz soñada? Diecinueve mil pies. En aquellos mismos instantes varias ciudades neosoviéticas estaban desapareciendo de la faz de la Tierra. Millones de vidas segadas por orden suya.

Dieciocho mil pies. Hilbert apretó el botón. La bomba cayó con un suave silbido sobre la capital y se activó a trescientos pies de altitud. No hubo explosión, pero el silencio se volvió agobiante, antinatural. El avión empezó a descender en picado. Diez mil pies. Cinco mil pies. Mil quinientos pies. Hilbert divisó multitud de pequeños bultos inertes moteando las aceras de una ciudad fantasma. Quinientos pies. Finalmente se estrelló contra la ciudad, rompiendo el silencio en una estruendosa explosión. Y así fue como el presidente pudo hallar la única y verdadera paz.