Desvío

27.11.2017

Condición: Al menos dos personas deben realizar un viaje por carretera. Además debe aparecer un autoestopista con relevancia argumental. 


Francisco salió de su sopor cuando Corazón partío, de Alejandro Sanz, comenzó a sonar por la radio de su viejo Ford Fiesta. Fue capaz de reconocerla con tan solo los primeros acordes de tantas veces que la había escuchado en Cadena Dial. Sus manos retorcieron la ardiente goma del volante y, antes de que el coro comenzase a sonar, ya había cambiado de emisora.

-¡Paco! -bramó una voz a su derecha-, ¿para qué cambias de cadena? Si todavía no están en anuncios.

El conductor ignoró la pregunta. Después de veinte años de casado sabía perfectamente cuando su mujer se quejaba por quejar. Ella estaba tan aburrida como él de ese viaje a Sanxenxo. No hacía más de dos horas que habían salido de Vallecas y todavía les quedaban otras tantas para llegar a su destino vacacional. Allí pasarían la primera quincena de julio, como hacían cada año desde el noventa y siete. ¿O era desde el noventa y ocho? Francisco sacudió la cabeza inconscientemente, como hacía cada vez que intentaba recordar algo. No le gustaba viajar tan atrás en su memoria. Era como darse la vuelta mientras recorres un sendero llano y ver exactamente el mismo paisaje. Para distraerse, miro por el retrovisor central y observó cómo su hijo, con la cabeza cubierta por unos enormes cascos, jugueteaba con su maquinita. ¿Acaso su madre no lo había castigado sin máquina por suspender todo otra vez? Quizás ya le hubiese levantado el castigo. Él no se encargaba de esas cosas. Su papel en la familia se basaba en ir a trabajar a la oficina de diez a siete y media, con una pausa para comer demasiado corta para volver a su casa. Así cada día, salvo sus preciados domingos. En ellos era cuando podía descansar y hacer las cosas que verdaderamente le gustaban, como dormir hasta tarde, ver el fútbol o salir de cañas. Francisco sonrió al pensar en la victoria del Rayo de la semana pasada. Menudo gol de Pineda.

El cartel que anunciaba la inminente llegada de un área de servicio destelló a su derecha. Al conductor no le hizo falta mirar, pues por el paisaje sabía que pronto tocaba la parada del café. Se bajarían, echarían gasolina porque allí estaba más barata, tomarían dos cortados y su hijo un zumo de naranja. ¿Le seguirán gustando los zumos de naranja? Luis tenía ya quince años, y por su postura parecía no tener ningún interés en bajarse del vehículo.

-Paco. -Su mujer hacía años que le había gastado el apodo-. Nos acercamos a la gasolinera barata, ¿paramos a tomar un café?

-Claro, Berta.

Francisco aparcó en batería, junto a un flamante deportivo rojo. Se quedó mirándolo mientras su mujer se bajaba, estiraba las piernas y le gritaba a su hijo para que moviese el culo. Su mente quiso volver atrás y recordar su juventud, cuando los coches eran una de sus pasiones. En aquella época se conocía todas las marcas y modelos del mercado. Le gustaba presumir de ello describiendo cada uno de los coches que pasaba por delante de la heladería donde solía tomar algo con sus amigos al salir del instituto. Quizás por eso se había quedado sin amigos. Cuando empezó a trabajar de contable en la empresa de su padre abrió una cuenta de ahorro donde metía cada mes diez mil pesetas. Contaba con poder comprar algún día un Mercedes, quizás cuando le ascendiesen. Pero cuando la empresa quebró y se le acabó el paro, tuvo que tirar de esos ahorros para mantener a la familia a flote, mientras su mujer exprimía todo lo que podía su pastelería. Nunca se vendieron porras tan caras en Vallecas, y la gente las seguía comprando. Pero las vacas flacas pasaron, y allí estaban, el máximo esplendor de los García, de vacaciones a Galicia. Como cada año.

Tras tomar el asqueroso café de gasolinera, el Ford reanudó la marcha hacia la costa. Vuelta a sonar Alejandro Sanz, esta vez en Cadena 100. Francisco deseó que hubiese una emisora de rock, quizás así dejaría de sonar siempre lo mismo. Un pequeño punto en el arcén de la carretera le sacó de sus tediosos pensamientos. Aquello no solía estar ahí, y su subconsciente lo sabía. Francisco entornó los ojos e intentó distinguir la figura que se acercaba más y más. Era una mujer, rubia, y tenía toda la pinta de guiri. Llevaba un cartel en las manos que ponía Azlorga. No, Astorga. A su lado yacía moribunda una bicicleta rosa con la rueda delantera deshinchada.

-Anda, una autoestopista -comentó Franscisco, señalándola con el dedo a través del polvoriento parabrisas.

-Estos guiris... -murmuró su mujer, levantando la mirada del libro Pasión de amor desatada, que se había comprado en la gasolinera-. A quien se le ocurre ir en bicicleta, con lo barata que está la gasolina por aquí.

El hombre ignoró el estúpido comentario de su cónyuge. Estaba totalmente concentrado en aquella extraña mujer. ¿Sería inglesa? No, más bien parecía sueca. Era bastante alta.

-Voy a recogerla -sentenció Franscisco, aminorando la velocidad-. Vamos a pasar cerca de Astorga.

-¡Paco! ¿Estás loco? -gritó su mujer, levantando los brazos y dejando caer el libro bajo el asiento-. ¿Y si nos roba el coche? Además, aquí no hay sitio. Que va a ir, ¿sentada al lado del niño? Lo va a traumatizar con sus historias de guiri.

Francisco miró al «niño» por el retrovisor. Seguía enfrascado en su videojuego, ajeno a todo lo que ocurría. Dudó bastante de que se fuese a enterar de si recogían a una autoestopista o a Muhammad Alí. Además, estaba harto de hacer siempre lo que decía su mujer.

-Nos hará el viaje menos aburrido, ya verás.

La autoestopista, al ver detenerse el vehículo saltó de alegría y se acercó corriendo. Berta bajó la ventanilla a regañadientes.

-Moikka! Kiitos! Thank you very much. I need to go to Asturga.

A Francisco se le iluminó la cara. ¡Inglés!, hacía años que no lo hablaba. Por fin algo diferente en este viaje.

-Hello! My name is Franscico José and I'm forty five years old. Nice to meet you. How are you? I'm fine.

La autoestopista frunció el ceño, mirando alternativamente al efusivo conductor y a la huraña copiloto, pero sus ganas de salir de esa infernal carretera de Castilla eran superiores a la excentricidad de sus salvadores.

-Ehm... I'm Neida, from Finland. Can you give me a ride to Asturga?

La mujer habló tan rápido que Fransisco no entendió ni una palabra, pero como respuesta le hizo señas para que entrase en el coche. Neida captó la idea, y con una sonrisa se sentó al lado de Luis. Éste levantó la mirada, sacudió la cabeza a modo de saludo y volvió a mirar a la pantalla. El coche arrancó, y Neida miró con tristeza a su bicicleta mientras se alejaba en el horizonte. Lamentaba abandonarla en aquella carretera, pero debía de llegar a Astorga antes del anochecer o perdería la reserva del albergue. Ya compraría otra bicicleta allí.

-¿Y qué haces por España? -preguntó Berta, torciendo el cuello y mirándola a los ojos con curiosidad- ¿Estás haciendo el camino de Santiago?

Neida frunció el ceño con expresión perpleja. No había entendido ni una palabra.

-Sorry, I don't speak Spanish.

-Ein? -soltó Berta, arrugando la nariz.

-Que no habla español, cariño -terció Francisco, para luego decir muy despacio, saboreando cada palabra-. What are you doing in Spain?

Neida sonrió. Por fin entendía algo. Contestó a su vez de forma pausada y así, a base de palabras lentas y muchas repeticiones logró contar su historia. El año pasado había acabado su carrera de Historia del Arte en Vaasa y había decidido tomarse un año sabático para explorar los principales puntos artísticos de interés en Europa. Tras pasar la primavera pateando Italia, había decidido volar en verano hasta Madrid y hacer el camino de Santiago desde allí, en bicicleta. También les habló de su país, de las saunas, los días y noches interminables, el regaliz salado, los Moomin... Francisco escuchaba atentamente sus historias y anécdotas, y le traducía lo esencial a su mujer cada vez que ésta le daba un codazo. Las áreas de servicio fueron pasando de largo: la parada para comprar helados, la parada para el segundo café... El matrimonio estaba demasiado enfrascado en la charla con Neida y su hijo... su hijo sencillamente pasaba de todo. Finalmente llegaron al desvío de Astorga. A partir de allí la carretera era nueva para Francisco, otro añadido emocionante al singular viaje de ese año. El pueblo bullía de actividad. Los peregrinos se agolpaban en los comercios para avituallarse y comprar algún recuerdo del lugar. A pesar de la insistencia de Neida para que los dejase en cualquier lugar, el matrimonio insistió en aparcar el coche y hacer algo de turisteo. Tras un cuarto de hora dando vueltas por el centro encontraron una preciosa plaza a pleno sol. Francisco pensó en secreto, «no importa, por mí no nos moveremos de aquí hasta la noche». Luis preguntó en alto «¿Dónde cojones estamos?». La familia al completo decidió acompañar al albergue a una extrañada Neida, que no comprendía por que la seguían. En la sala común se encontraron un grupo de peregrinos que compartían alegremente la comida entre sí mientras contaban sus respectivas historias. Este ambiente comunal atrajo a la familia. Se sentaron al lado de una pareja de franceses que, sin presentación previa, les ofrecieron unos muslitos de pollo y una extravagante historia en inglés sobre unas ocas furiosas que los habían perseguido durante casi un kilómetro en Logroño. Francisco se río a carcajadas con el relato, y cuando se la tradujo a Berta ésta hizo lo mismo. Hasta Luis, intrigado por qué era lo que les hacía tanta gracia a sus padres, decidió quitarse los auriculares y escuchar la estrambótica anécdota.

Una vez roto el hielo, todo fue rodado. Los García serpentearon por todos los grupitos, como abejas zumbonas picando en todas las flores. De cada una sacaban una historia diferente. Reino Unido, Italia, Alemania, Dinamarca, cada uno de sus peregrinos les hablaba de su país y de sus costumbres. Había hasta un japonés que chapurreaba algo de español, y que pareció hacer buenas migas con Luis. Francisco se asombró de lo social que se había vuelto su hijo en apenas unas horas. ¿Horas? ¿Cuánto tiempo llevaban allí? Descubrió con gran sorpresa que ya eran las nueve de la noche. Con tanta cháchara la tarde se les había pasado volando, y ya era tarde para reanudar su camino hasta Sanxenxo. Tendrían que dormir en el albergue, pero a ninguno pareció molestarles esa idea. Francisco fue a preguntarle al gerente si quedaban camas libres. Berta, sintiéndose culpable de comer y cenar de gorra, fue a lavar los platos de todo el mundo. Luis, para su sorpresa, la acompañó al fregadero y le ayudó a enjabonarlos mientras le contaba con emoción como Tokada le había invitado a pasar el con él el Hanami. Ya era el cuarto plan que les ofrecían esa tarde. Un verano en la Toscana. Halloween en Birmingham. Hasta Neida, que había perdido el recelo inicial hacia los García, les había ofrecido pasar unos días en su casa en Vaasa como agradecimiento por llevarla hasta el albergue. La familia estaba deseando iniciar esos viajes. Las pocas anécdotas que el matrimonio había podido contarle a los peregrinos eran de antes de casarse. El único país que habían visitado era Portugal, y para comprar toallas. Aquella noche, los tres soñaron con su propia aventura.

A la mañana siguiente, y tras las numerosas despedidas e intercambio de números, comenzó de nuevo el viaje de los García hasta Sanxenxo. Sin embargo, no sonó más Alejandro Sanz, ni se leyeron más libros o miraron pantallas. Los García charlaron animadamente todo el camino sobre todas las historias que habían oído el día anterior. Tras entrar por el desvío a la autovía, continuaron su camino conocido hacia Galicia. Los tres sabían que serían sus últimas vacaciones allí.