Canción XXIII

26.11.2017

Condición: Una botella llena de orín tiene que ser el eje de la trama


«¡Escuchad, gentiles pueblerinos! ¡Escuchad la historia del galán Iván y la bella Eva! Un relato sobre como las impías artes de la brujería sólo llevan desgracia sus seguidores. Un cuento repleto de desamores y risas para infantes y mayores. ¡Escuchad! Pues la historia va a comenzar».

«En un reino lejano, allende los mares y las praderas, vivía una hermosa dama de buen nombre Eva. Tenía el cabello rubio como el trigo y piel blanca como la harina. Los hombres caían a sus pies con sólo esbozar una sonrisa. Ella a todos rechazaba, con gracia y discreción. Pero un joven persistía con tesón. De nombre Iván, el galán así se llamaba. Hijo de nobles, adinerado y de barba poblada. Le dedicó poemas a la bella Eva, canciones y cantinelas. Pero ella, siempre discreta, lo tenía a dos velas. "Eres mi amigo" le decía, pero a Iván no le bastaba. A malas artes recurrió para poder conquistarla. A un aquelarre se acercó en una noche muy oscura. Allí, entre calderos y verrugas, la esperaba la más bruja de las brujas. El rufián Iván le pidió ayuda, con dineros la compró. La bruja, muy codiciosa, aceptó. "Si a tu amada quieres conquistar, un filtro te puedo preparar. Necesito de su cabello un pelo, de su caballo su crin, de su bolsillo un pañuelo y de su cuerpo su orín"».

«El truhan Iván pronto maquinó un plan. Se hizo fácilmente con el pelo, la crin y el pañuelo. Pero a la hora del meo empezó a dudar. "¿Cómo puedo conseguir su rubio manjar?" Su mente llena de corrupción pronto ideó la solución. Invitó a la bella Eva a una fiesta en la taberna. Allí se acercó a ella, con dos jarras de fría cerveza. Las posó sobre la mesa, y gritó a pleno pulmón "¡Bebamos en honor del dueño del mesón!" Y la bella Eva bebió. Sin perder ni un momento luego dijo "¡Y bebamos también por su hijo! Y la bella Eva tragó. Pronto levantó su jarra con brío "¡Y bebamos también por su tío! Y la bella Eva pimpló. Tras recorrer toda la familia del dueño de la cantina, la bella Eva terminó su bebida. Y como ley universal de esta tierra, lo que entra por la boca sale entre las piernas. El rufián Iván se apresuró botella en mano a bajar a las letrinas, y allí esperó impaciente a recoger la preciada orina. Pasaron varios traseros, pero ninguno era el de su amada. A cubierto él esperó, bien guardado de las salvas. Finalmente aparecieron sus hermosas posaderas de blanca piel y rubia pelambrera y botella en mano Iván se puso bajo ellas. La cascada comenzó, era hermosa y cantarina, caída desde el cielo, clara y amarilla. El rufián Iván apuntó con su botella y comenzó a recoger la orina. El frasco se llenaba, ¡todo iba de maravilla! Pero, ¡escuchad!, pues Iván iba a recibir su peor bautizo. Un trueno retumbó en la sala y la lluvia se tornó granizo. El rufián Iván tan despistado estaba, pensando en futuros encuentros al lado de su amada, que no vio caer las piedras, marrones y perfectas, que se chafaron y esparcieron al chocar contra su cabeza. Humillado, el patán Iván huyó de la escena. Manchado y maloliente, realmente daba pena. La botella rodó durante su patética huida, y el orín se perdió entre las boñigas de la letrina. Afuera lo esperaba la bella Eva, con cara de malas pulgas y sin pelos en la lengua. "Gañán Iván, ¡cerdo tenías que ser! ¡Maldigo el día en que te pude conocer! La bruja me contó tu plan mezquino y ruin, de intentar robar con malas artes mi corazón y mi orín. Que sepas que nunca te amaré, ni en esta vida ni en la otra. Ahora sal de mi vista y ve a cambiarte de ropa.

«Y aquí acaba la historia de la bella Eva y el rufián Iván, que con malas artes su corazón trató de conquistar. ¡Recordad, gentiles pueblerinos, que el camino recto es el correcto! Huid de las brujas y los hechizos, guardaos de sus trucos y maleficios. Y si os ha gustado la historia, poned un penique en mi gorra».